Y quedaron dormidas, las tazas, las cucharas,el mate, la bombilla y algunas servilletas
y un misterio plateado me permitió que hablara,
de un mañana encendido, de una pasión secreta.
y yo pensé en voz baja, como queriendo acaso
que el reloj me contara las horas que vivimos
que pudiéramos darnos nuestro mejor abrazo,
en tu barrio, en el mío; y a decir qué sentimos.
Pues los caminos nacen cuando se van los viejos,
y corren paralelos, quizá sin saludarse
hasta que sin quererlo, en un punto, a lo lejos,
los dos cesan su marcha, y logran encontrarse.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y las tazas hablaron cuando las enjuagaba,
cual si fueran personas; y en su quietud de roca
vi una señal pequeña, porque una me rogaba,
no limpies este borde; aquí estuvo su boca.
Su boca y esa huella que sus labios dejaron,
de un corazón en rojo, de un corazón tan leve
bello, como los besos que ustedes dos crearon,
respetando el silencio, sin palabras y breves.
Porque tu cara tuvo la quietud de una rosa.
La beatitud del árbol cuando entrega su sombra.
El volar cadencioso de blancas mariposas,
y el eco indefinido de una voz que te nombra.
Y te nombra en el marco de tus sedosas manos,
en ese grito ardiente, generoso y profundo
que nos invita, ahora, a pintar mil veranos,
y a darnos con el alma, la libertad del mundo.
León Romero *

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